Nubes de fuego, reventones térmicos y rayos: el peligroso fenómeno meteorológico que generan los megaincendios
Los grandes incendios no sólo avanzan con rapidez: cuando alcanzan una intensidad extrema pueden modificar la atmósfera y complicar todavía más las tareas de extinción, algo que ha sucedido en España en los últimos días.

Los incendios forestales registrados en España durante las últimas semanas han vuelto a poner el foco sobre un fenómeno que preocupa especialmente a los especialistas: las llamadas tormentas de fuego. Según los datos de Copernicus, el programa europeo de observación y monitorización de la Tierra, los fuegos de mayor magnitud han afectado a más de 127.000 hectáreas y han afectado a unas 92.000 personas, con especial incidencia en provincias como Ávila, Madrid y Castellón. En algunos casos se trata de incendios de sexta generación, cuyo comportamiento resulta mucho más difícil de controlar.
Cuando un incendio alcanza una intensidad muy elevada deja de estar condicionado únicamente por la temperatura, el viento o la humedad. El calor que desprende modifica el aire que lo rodea y puede alterar la meteorología sobre la propia zona incendiada, generando su propio tiempo. Ese proceso explica por qué determinados fuegos aceleran su avance de forma repentina, cambian de dirección en pocos minutos o presentan un comportamiento que dificulta el trabajo de los equipos de extinción.
Pirocúmulos y cómo estas tormentas de fuego alteran la meteorología local
El enorme calor liberado por las llamas provoca que el aire ascienda con rapidez, transportando humo, cenizas y vapor de agua hasta varios kilómetros de altura. Ese movimiento vertical favorece la formación de grandes nubes conocidas como pirocúmulos, cuya aparición suele indicar que el incendio ha alcanzado un nivel de intensidad muy elevado.
El meteorólogo de Meteored Samuel Biener explica que estas nubes nacen cuando las corrientes de aire caliente generadas por el incendio entran en contacto con aire más frío situado en niveles superiores de la atmósfera. El resultado es una estructura nubosa que puede crecer con rapidez y modificar el comportamiento del propio fuego.
20:30 Piloto de @AirNostrumm volando Madrid - Santiago de Compostela a 21.000 pues (+-6.500 metros de altitud) y se ve a su misma altura el Pirocumulo del incendio de Burgohondo Ávila #IfBurgohondo
— Infues Avila (@InfuesAvila) July 24, 2026
Respeto a este gran incendio pic.twitter.com/IfLIMgkAs7
En los episodios más intensos, los pirocúmulos llegan a producir descargas eléctricas capaces de originar nuevos incendios lejos del frente principal. Además, cuando estas nubes colapsan pueden desencadenar fuertes rachas de viento que alimentan todavía más las llamas y favorecen una expansión difícil de prever.
Según Biener, algunos especialistas también señalan que, si un gran incendio coincide con la llegada de una banda de precipitaciones débiles, pueden producirse reventones térmicos. Al evaporarse la precipitación por el calor del mismo incendio, esas corrientes de aire descendentes se expanden en todas las direcciones al llegar al suelo, en ocasiones dejando vientos de de 80-100 kilómetros por hora, una situación que multiplica la dificultad para contener el incendio.
Incendios de sexta generación: por qué son tan difíciles de controlar
La situación se complica todavía más cuando coinciden varios factores meteorológicos. Las altas temperaturas, la vegetación muy seca y vientos persistentes crean unas condiciones que favorecen una rápida propagación del fuego. En los incendios de sexta generación, estas circunstancias pueden hacer que la capacidad de respuesta de los servicios de extinción resulte insuficiente.

Biener también ha señalado que durante los incendios registrados en Madrid, Toledo, Ávila y Castellón se han observado inversiones térmicas en las últimas noches. En estos casos, el aire más fresco y el humo quedan retenido en el fondo de los valles mientras una capa superior actúa como una especie de barrera. Si esa estabilidad desaparece de forma repentina, el comportamiento de las llamas puede cambiar en cuestión de minutos y aumentar su intensidad.
Por ese motivo, los grandes incendios ya no se analizan únicamente por la superficie afectada. También se estudian los procesos atmosféricos que generan a su alrededor, ya que esas alteraciones pueden favorecer nuevos focos, modificar la dirección del fuego y aumentar el riesgo para los equipos que trabajan sobre el terreno.
Tormentas de fuego: qué ocurre durante y después del incendio
Los efectos de un gran incendio no se limitan al área donde avanzan las llamas. El humo puede desplazarse decenas de kilómetros y deteriorar la calidad del aire en zonas alejadas del foco principal. Durante los últimos días se han detectado estas situaciones en puntos situados a considerable distancia de los incendios, como algunas áreas de Alicante.

La presencia de grandes nubes de humo también modifica la cantidad de radiación solar que llega a la superficie. Estas masas reducen la radiación directa y aumentan la luz difusa al dispersarse en la atmósfera, un efecto que además provoca que el cielo adquiera tonalidades rojizas. El humo puede limitar el aumento de la temperatura durante el día y, por la noche, contribuir a que el calor se mantenga durante más tiempo.
Cuando el incendio queda extinguido, estos efectos atmosféricos desaparecen de forma progresiva. Samuel Biener indica que no existen evidencias de que el tiempo cambie de manera permanente tras un gran incendio, aunque sí pueden aparecer pequeñas variaciones locales relacionadas con la pérdida de la masa forestal.
Las consecuencias más importantes llegan después sobre el terreno. Sin la protección de la vegetación, el suelo queda mucho más expuesto a la erosión. Lluvias que antes apenas tenían impacto pueden arrastrar cenizas y otros materiales hacia ríos, embalses y acuíferos, mientras que la desaparición del bosque favorece un aumento en la temperatura del suelo y pequeñas modificaciones en la formación de nieblas por la pérdida de humedad retenida por la vegetación.