"La inteligencia es un accidente cósmico": por qué podríamos estar solos en el universo
El universo es un océano de silencio. A pesar de los miles de millones de galaxias, el estudio Stern-Gerya sugiere que la vida inteligente es un raro "accidente geológico". Sin la tectónica de placas y la Luna, la inteligencia nunca habría surgido: no somos el fin de la biología, sino una excepción.

Durante décadas, la astronomía y la cultura popular han estado dominadas por un optimismo estadístico. La ecuación de Drake, formulada en 1961, nos enseñó a considerar las estrellas como posibles focos de civilización. Con miles de millones de galaxias y cientos de miles de millones de sistemas solares, el cálculo parecía sencillo: si la vida es un proceso biológico natural, el universo debe ser un lugar abarrotado.
Sin embargo, en el "gran silencio" que envuelve el cosmos, la famosa paradoja de Fermi sugiere una realidad mucho más solitaria. Estudios y reflexiones recientes de eminentes científicos, como el físico Leonard Susskind, indican que la inteligencia no es el objetivo final de la biología, sino una anomalía probabilística muy poco común.
El mito de la progresión biológica
Uno de los conceptos erróneos más comunes es la idea de que la evolución es una progresión lineal que inevitablemente conduce a la complejidad y la inteligencia. La historia de la Tierra desmiente esta visión. Durante aproximadamente 3.000 millones de años, la vida en nuestro planeta se mantuvo exclusivamente unicelular. Las bacterias y las arqueas dominaron todo el ecosistema sin mostrar ningún impulso hacia la multicelularidad.

La inteligencia, tal como la entendemos, es un rasgo biológicamente costoso. El cerebro humano consume alrededor del 20 % de la energía del cuerpo a pesar de representar solo el 2 % de su masa. Para la gran mayoría de las especies que han existido (miles de millones, a lo largo de 4.500 millones de años), la inteligencia no ha sido necesaria para la supervivencia.
Los tiburones y los helechos han existido durante cientos de millones de años con modificaciones mínimas, lo que demuestra que el éxito reproductivo, el único "objetivo" verdadero de la selección natural, no requiere en absoluto la capacidad de comprender las leyes de la física. La inteligencia tecnológica ha aparecido solo en un único linaje evolutivo, los primates, y solo durante una fracción infinitesimal de la historia de la Tierra (alrededor del 0,007 %).
El estudio Stern-Gerya: las nuevas variables de la improbabilidad
La vida inteligente requiere condiciones geofísicas mucho más específicas que la mera presencia de agua líquida. En 2024, los investigadores Robert Stern (Universidad de Texas en Dallas) y Tarás Gerya (ETH Zurich) publicaron un estudio titulado "La importancia de la tectónica de placas moderna para el surgimiento de la vida inteligente".

Según Stern y Gerya, la Ecuación de Drake carece de dos términos cruciales: la presencia de grandes océanos y continentes y, sobre todo, una tectónica de placas activa y duradera. La tectónica de placas no es solo un fenómeno geológico; es el termostato del planeta: recicla el carbono, estabiliza el clima durante miles de millones de años y crea la presión evolutiva necesaria mediante la formación de barreras naturales y nuevos hábitats. Sin ella, un planeta podría permanecer atrapado en una fase de estancamiento biológico o volverse inhabitable debido al cambio climático extremo.

El estudio estima que la probabilidad de encontrar un planeta que posea simultáneamente océanos, continentes y tectónica de placas se sitúa entre el 0,003 % y el 0,2 %. Si incorporamos estos datos a la Ecuación de Drake, el número de civilizaciones detectables en nuestra galaxia disminuye drásticamente, lo que hace que la hipótesis de que estamos solos en la Vía Láctea no solo sea posible, sino probable.
La importancia del satélite natural: la Luna
Otro factor a menudo pasado por alto es la presencia de la Luna. Nuestro satélite estabilizó la inclinación del eje de la Tierra, garantizando estaciones regulares y un clima templado lo suficientemente prolongado como para que se desarrollara vida compleja.
Sin la colisión aleatoria que creó la Luna hace miles de millones de años, la Tierra podría haber experimentado cambios caóticos en su estructura, imposibilitando la estabilidad que requiere la biosfera para evolucionar de microbios a mamíferos.
Una manifestación casual, no un propósito
Debemos, por lo tanto, aceptar una verdad incómoda: la inteligencia no es el mayor logro de la naturaleza. Es un 'acontecimiento fortuito', un afortunado accidente ocurrido en un remoto rincón del tiempo y el espacio.
Si el universo fuera un inmenso desierto, seríamos el único oasis nacido de una serie irrepetible de coincidencias: la estrella adecuada, la distancia adecuada, la presencia de una luna gigante, la aparición de oxígeno y, finalmente, un impulso evolutivo impredecible. Esta perspectiva, aunque pueda parecer deprimente, confiere a nuestra existencia una dignidad y una responsabilidad sin precedentes.
La vida inteligente es frágil, escasa y preciosa, precisamente porque es "imprevista".