Aunque nos moleste, el sudor es una ventaja evolutiva: cómo la pérdida de pelos nos salvó del colapso térmico
Aunque tiene mala fama, el sudor fue una de las grandes innovaciones evolutivas de nuestra especie. Descubre cómo la combinación de una piel casi desnuda y millones de glándulas sudoríparas permitió a los primeros humanos sobrevivir en ambientes extremos.

Cuando el calor aprieta, pocas sensaciones resultan tan incómodas como la ropa pegada al cuerpo por el sudor o las gotas que resbalan por la frente. Una respuesta fisiológica que, sin embargo, es uno de los mayores logros biológicos de nuestra especie desde el punto de vista de la evolución.
Sin este mecanismo de refrigeración, el ser humano probablemente nunca habría podido abandonar los bosques africanos para recorrer largas distancias bajo un sol abrasador.
De hecho, numerosos investigadores consideran que la combinación entre la pérdida de gran parte del vello corporal y el desarrollo de un sofisticado sistema de glándulas sudoríparas fue decisiva para el éxito evolutivo del género Homo.
Una excepción entre los mamíferos
Aunque pueda parecer lo contrario, la mayoría de los mamíferos apenas sudan. Perros, gatos o zorros regulan principalmente su temperatura mediante el jadeo. A pesar de la expresión popular "sudar como un cerdo", este animal apenas dispone de glándulas sudoríparas funcionales y recurre al barro para refrescarse. Igual que otra conocida frase, la de "sudar como un pollo", tampoco tiene base biológica alguna (en realidad, procede del aspecto que adquieren estas aves al cocinarse).

Los seres humanos pertenecen a un reducido grupo de mamíferos –como los caballos, los asnos, las vacas o los simios– capaces de utilizar el sudor como principal mecanismo para disipar el calor.
Nuestro cuerpo alberga entre dos y cuatro millones de glándulas sudoríparas ecrinas, distribuidas prácticamente por toda la superficie de la piel. Cuando la temperatura corporal aumenta, estas glándulas liberan agua y sales minerales que, al evaporarse, extraen calor de la piel, evitando que los órganos internos alcancen temperaturas peligrosas durante el ejercicio intenso o las jornadas especialmente calurosas.
Pérdida de pelo, otra gran ventaja evolutiva
A primera vista, desprenderse del espeso pelaje que caracteriza a la mayoría de los mamíferos parece una mala estrategia. El pelo protege frente al frío, la radiación solar y algunas lesiones cutáneas.
Sin embargo, hace alrededor de dos millones de años, nuestros antepasados comenzaron a habitar paisajes abiertos mucho más cálidos que los bosques donde habían evolucionado los primeros primates. En esos ambientes, el mayor enemigo dejó de ser el frío para convertirse en el exceso de calor.

El pelaje actuaba entonces como una barrera que dificultaba la evaporación del sudor. Así que, al reducir progresivamente la cantidad de pelo corporal, la piel quedó mucho más expuesta al aire, permitiendo que la refrigeración mediante evaporación fuera mucho más eficaz. La evolución favoreció así una combinación única: menos pelo y muchas más glándulas sudoríparas activas.
Este cambio evolutivo convirtió al ser humano en uno de los mamíferos más preparados para soportar el calor durante largos periodos.
Correr más despacio... pero durante mucho más tiempo
La mayoría de los grandes depredadores son mucho más rápidos que una persona. Un guepardo puede superar fácilmente los 100 kilómetros por hora, mientras que incluso un atleta olímpico apenas alcanza velocidades en torno a los 40 kilómetros por hora durante unos segundos.
Y es que la evolución no convirtió al ser humano en el corredor más veloz, aunque sí en uno de los más resistentes. Mientras numerosos mamíferos debían detenerse para jadear y recuperarse, los primeros humanos podían continuar desplazándose bajo el sol gracias al efecto refrigerante del sudor.
Así, gracias a esta función, nuestros antepasados podían caminar y correr durante horas sin sufrir un sobrecalentamiento grave. Muchos antropólogos creen que esta capacidad facilitó la llamada caza por persistencia, una técnica que consistía en perseguir a una presa durante largas distancias hasta que el animal, incapaz de disipar el calor con la misma eficacia, terminaba exhausto.
Una adaptación que sigue siendo imprescindible
Hoy ya no necesitamos perseguir antílopes para conseguir alimento, pero nuestro sistema de refrigeración continúa siendo esencial.
Cada vez que hacemos deporte, caminamos bajo temperaturas elevadas o realizamos un esfuerzo físico intenso, el organismo pone en marcha exactamente el mismo mecanismo que ayudó a sobrevivir a nuestros antepasados. Los vasos sanguíneos de la piel se dilatan para transportar más calor hacia el exterior y las glándulas sudoríparas comienzan a trabajar para favorecer la evaporación del agua.
Cuando este proceso falla, el riesgo de sufrir un golpe de calor aumenta considerablemente. Además, en ambientes con una humedad muy elevada el sudor pierde parte de su eficacia, ya que el aire saturado de vapor de agua dificulta la evaporación, que es la que enfría el cuerpo.
Mala fama inmerecida
Como toda adaptación evolutiva, la pérdida de pelo corporal y la capacidad de sudar también tuvo sus costes.
La piel desnuda quedó mucho más expuesta a la radiación ultravioleta, lo que favoreció posteriormente la evolución de una mayor pigmentación en muchas poblaciones humanas como protección frente al daño solar. Asimismo, la abundante sudoración obliga a reponer agua y sales minerales para evitar la deshidratación durante esfuerzos prolongados o episodios de calor extremo.
El mismito mecanismo de termorregulación en respuesta a temperatura ambiental que a cambios voluntarios (actividad física). El sudor es producto de la evaporación y tiene como función la pérdida de calor de la superficie del cuerpo. En ambos casos, se requieren suficientes pic.twitter.com/RKN6WydZOc
— Miss Cromatina (@MissCromatina) June 16, 2023
Pero, pese a estos inconvenientes, el balance evolutivo fue claramente favorable. La capacidad para disipar calor permitió ampliar el territorio ocupado por los primeros humanos, aumentar el tiempo disponible para buscar alimento y mejorar el rendimiento físico en condiciones donde otros mamíferos se sobrecalentaban con rapidez.
Por eso, aunque socialmente el sudor siga teniendo mala fama, desde la perspectiva de la evolución representa una de las innovaciones biológicas más importantes de nuestra historia.
Referencia de la noticia
Visser, R. (2026). Sudar "como un pollo" es propio de humanos.